Sobre reconstruir la vida más de una vez, y lo que aprendes cuando el suelo se mueve bajo tus pies pero algo en ti no se rinde.
Desde niña aprendí una filosofía que se convirtió en mi brújula: cuando te piden algo, entrega un poco más. Atrévete a dar más de lo que se espera. A eso se le llama excelencia.
Y la viví. La corrí. No me importaban las horas que había que invertir, ni lo que tocaba sacrificar.
Me gradué del bachillerato con honores. Luego de la universidad, también. A mi paso obtenía reconocimientos. Y en algún momento de esa carrera, pensé que la excelencia era un escudo. Que si lo entregaba todo, si me rendía nunca, si corría una milla más cuando todos se detuvieran, la vida me respondería de la misma manera. Que habría una proporción justa entre lo que daba y lo que recibía.
Me equivoqué. Pero todavía no lo sabía.
La primera empresa, el primer golpe
A los 21 años comencé una empresa de turismo, recreación y eventos. Al poco tiempo trabajábamos para las empresas más grandes de Venezuela — PDVSA, Bauxilum, SIDOR, CVG. Dirigía un equipo de cien personas.
Entonces llegó el primer golpe.
Circunstancias políticas. Circunstancias personales. El negocio se vino a tierra.
Pero algo en mí dijo: esta vez no voy a reconstruir para mí. Voy a poner mis recursos para bendecir a otros, para servirle a otros. Y nació FUNDACES — Fundación Casa del Estudiante. Prevención de drogas, embarazos en adolescentes, violencia intrafamiliar. También una papelería para sostenerlo todo.
Era comenzar de cero. Pero se sentía bien. Se podía reconstruir.
El día que tuve que salir corriendo
Luego vino la oportunidad de trabajar con la Defensoría de los Derechos Humanos en Venezuela. Tomé el cargo. Y no sabía lo que venía.
Las circunstancias cambiaron de una manera que no puedo describir del todo aquí. Lo que sí puedo decir es esto: llegó el momento en que tuve que salir del país para proteger mi vida y la de mi familia.
Sin red de apoyo. Sin saber adónde iba exactamente.
Buscaba con quién identificarme. Quién había vivido algo parecido. Y me vinieron a la mente dos personajes bíblicos.
Abraham, cuando le dijeron: "Sal de tu tierra y de tu parentela, a la tierra que te mostraré." Él no sabía adónde iba. Yo tampoco.
Y Job. Que lo perdió todo. Y solo le quedaron su esposa y su Dios.
Así me sentí literalmente. Llegué a Colombia sin nada de lo que había construido. Y escuché palabras que nunca olvidaré: "Aquí usted es nadie."
Ya no era la empresaria. Ya no era la licenciada en Administración. Ya no era la teóloga. Era nadie.
Los buses, los caramelos y el desayuno incierto
No había red. No había puertas abiertas. Solo había una decisión que tomar cada mañana.
Me subí a los buses. Con una bolsa de caramelos. Contándole a la gente mi necesidad, pidiéndoles que compraran uno, que era para darle de comer a mis niños y pagar el lugar donde vivíamos, que había que pagar a diario.
No había comida guardada en ningún lugar. Había que luchar cada día por el desayuno, por la comida y por la cena.
Pero allí decidí que el propósito no se iba a ir a tierra porque las puertas estuvieran cerradas.
Si tengo que estar en los buses, voy a entregar lo mejor de mí.
Empecé lo que yo llamé micro-charlas de motivación. Y de ahí se abrieron puertas para el SENA, para colegios, para conferencias. Muchas veces me paré a decirle a la gente lo que yo misma quería que alguien me dijera a mí. Muchas veces declaré lo que creía aunque no lo veía. Muchas veces di un paso sin tener fuerzas y sin ver el camino.
Hubo un momento en que parecía que saldríamos a flote. Comenzamos una panadería. Y otra vez, circunstancias me la quitaron de las manos.
Regresé a los buses.
Fueron cinco años. Cinco años difíciles. Cinco años que parecían interminables.
Hoy me pregunto por qué no me rendí. Y la única respuesta honesta que tengo es esta: de una u otra forma, Dios me sostuvo.
España, el silencio, y el golpe que no esperaba
Enero de 2024. Llegamos a España. El ruido cesó. La presión cesó. Mi hogar se restauró. Regresé con mi esposo y mis dos niños.
Y cuando pensé que todo estaba en calma, mientras esperaba la regularización de papeles, comencé a escribir. A darle forma a sueños. A retomar proyectos que llevaban años iniciados.
Entonces entré en una parálisis emocional.
Habían sido tantos golpes, tanta reconstrucción, tanto sostenerse. Solo bastó uno pequeño — una crítica sobre mi escritura — y algo en mí se derrumbó.
Escribí esto para redes en ese momento:
Me fui. Y sé que muchos se preguntaron por qué.
Porque durante mucho tiempo yo hablé de fe... de confiar en Dios... de que siempre hay una salida.
Lo creía. Y lo sigo creyendo.
Pero hubo momentos... golpes... procesos... que llegaron uno tras otro... y me quebré.
Entré en un lugar donde no tenía fuerzas. Ni para hablar... ni para aparecer... ni siquiera para sostener lo que yo misma había enseñado.
Porque cuando has sido fuerte para otros... cuesta mucho reconocer cuando eres tú el que necesita levantarse.
Pero en medio de ese silencio... entendí algo: que esto no se trataba de desaparecer... sino de volver... desde un lugar más real.
Lo que sé hoy
Sé lo que es dormir en un hotel de cinco estrellas. Y sé lo que es tirar tu ropa en el suelo, montarle una cobija encima y acostarte allí, y en la mañana, recogerlo todo.
He vivido los dos extremos. Y te digo algo desde ambos lados:
No hay nada que pueda detenerte si no te rindes.
No hablo de filosofía. Hablo de vivencia. Hablo de buses y caramelos y noches sin saber qué habría para comer mañana. Hablo de puertas cerradas y ventanas cerradas y grietas por las que igual encontré cómo entrar.
Si me cierran las puertas, buscaré una ventana. Si me cierran las ventanas, buscaré una rendija. Mientras Dios no me diga que no, voy a agotar hasta mi último aliento.
Los gigantes no están ahí para aplastarte. Están ahí para ser derribados. Y cada golpe que has sobrevivido, cada reconstrucción que has atravesado, cada madrugada que elegiste seguir, es tu base, no tu derrota.
No llegué hasta aquí por accidente.
Llegué porque elegí seguir.
Leorgiesther Valero — Escritora, formadora, fundadora del Movimiento Internacional Yo Soy Libre en la Mente